Por José Jaime Ruiz
Hay imperios que se expanden con doctrina, otros con tratados y algunos con berrinches estratégicos. El segundo mandato de Donald Trump pertenece a esta última categoría: una política exterior que se anuncia como músculo y acaba operando como reflejo. La brújula es su propio espasmo. ¿La línea?, el zigzag. Y México, como ha ocurrido tantas veces en la historia imperial estadounidense, aparece desde el arranque no como socio, al contrario, como campo de prueba: aranceles que suben y bajan, amenazas que se lanzan y luego se matizan, soberanía invocada sólo para ser puesta en duda.
Trump prometió “America First” y terminó ofreciendo algo más parecido a “America First… luego vemos”. El resultado es una diplomacia errática, pendular, que oscila entre el cañonazo verbal y el “ya lo veremos”, entre la amenaza estridente en Fox o The New York Times y la corrección apresurada. Con México esa lógica quedó expuesta sin maquillaje: presión comercial, chantaje migratorio y coqueteo con fantasías militares contra cárteles, todo dicho en voz alta… y corregido después. El garrote se enseña, se guarda y se vuelve a mostrar. Diplomacia del amague, imperio que avanza trompicándose.
Ese patrón se repite, con variaciones de escenario, en casi todos los frentes. En Ucrania, Trump dijo que acabaría con las guerras ajenas y terminó apoyando una, no por convicción multilateral sino por pura necesidad geopolítica. El aislacionismo duró lo que tarda un briefing del Pentágono. En Groenlandia regresó el viejo delirio: comprarla, anexarla o, en el mejor de los casos, “explorar opciones”. La isla volvió a ser tratada como lote baldío con vista estratégica. Dinamarca dijo no, Groenlandia dijo no; Europa dijo, «chin, ¿otra vez?». Puro imperialismo inmobiliario.
Panamá reapareció como nostalgia. El Canal volvió al radar trumpista como símbolo de una época rediviva en la que Estados Unidos mandaba sin pedir permiso. El mensaje fue claro: el imperio no olvida sus viejas llaves. Colombia fue advertida, señalada, regañada. Mucho ruido, poca acción. El narcotráfico funcionó como arma retórica sin consecuencias inmediatas. La amenaza quedó suspendida, como espada de utilería: luce, pero no corta. A veces intimidar basta.
Venezuela concentró el vaivén más obsceno. Primero, retórica anti intervencionista. Luego, operación militar directa. Después, cancelación de ataques. Más tarde, negociación energética. En cuestión de semanas pasó de enemigo absoluto a ficha negociable. No hubo principios, hubo oportunidades. El imperio no derroca por democracia, derroca por conveniencia.
En Europa, Trump exige lealtad mientras siembra desconfianza: defiende a Ucrania y al mismo tiempo irrita a la OTAN con ocurrencias territoriales; pide cooperación mientras amenaza con retirarse de organismos internacionales. Es el aliado que abraza con una mano y empuja con la otra. En África y Medio Oriente, Yemen y Nigeria se presentan como “operaciones quirúrgicas”, excepciones que no cuentan como guerras. La promesa de “no nuevas guerras” se cumple a base de eufemismos: no son guerras, son ajustes balísticos.
Todo esto podría leerse únicamente como una política exterior errática —y lo es— si no fuera porque ese desorden hacia afuera dialoga con algo más inquietante hacia adentro. Las cifras de aprobación muestran a Trump gobernando con un respaldo inusualmente bajo para un segundo mandato. No se trata sólo de oposición: hay desgaste, polarización crónica, cansancio social. El trumpismo ya no seduce, se impone. Y cuando el consenso se evapora, el poder no se corrige: se blinda.
La expansión del poder del ICE ya no puede leerse únicamente como política migratoria. Es control interno. Redadas espectaculares, detenciones opacas, el castigo convertido en mensaje. No por ideología explícita, sino por método, el aparato recuerda a una Gestapo latente: intimidación preventiva, discrecionalidad, miedo, ejecuciones. El caso de Minneapolis —la muerte de Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años, madre de tres hijos, en un contexto de represión y uso excesivo de la fuerza— se volvió símbolo. Las inverosímiles justificaciones del gobierno de Trump sobre terrorismo a nadie convencen: “una tragedia de su propia fabricación” (J.D. Vance); la ciudadana “atacó” a los agentes (Kristi Noem). El mensaje ya fue enviado: el Estado puede excederse y seguir operando. La represión de protestas, la criminalización del disenso y el señalamiento constante a periodistas, artistas y activistas completan el cuadro. Trump no sólo exporta coerción, gobierna con ella en el territorio gringo.
Edward Gibbon escribió que la decadencia de Roma fue el efecto natural e inevitable de una grandeza desmedida (The decline of Rome was the natural and inevitable effect of immoderate greatness). No fue el enemigo externo el que explicó el deterioro, fue la incapacidad de administrarse a sí misma, la grandeza convertida en desorden. Trump no gobierna un imperio en retirada, gobierna uno descompuesto. Todavía puede imponer, sancionar, intimidar, lo que ya no puede es sostener coherencia. Un imperio sin método no es más peligroso por fuerte, sino por errático. La política exterior improvisada y el autoritarismo doméstico no son fenómenos separados: son dos caras del mismo proceso. El imperio que amenaza afuera es el mismo que se atrinchera adentro. Cuando el poder se mueve a golpes de humor, el mundo deja de ser tablero y se vuelve ring. Y, en ese ring, nadie sabe cuándo será el próximo round… ni quién hará de costal.
(Escritor, poeta y periodista, es autor de los libros La cicatriz del naipe, Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde”, Manual del imperfecto político, Caldo de buitre y El mensaje de los cuervos. Es director fundador de la revista cultural Posdata y de Posdata Editores. Dirige aguaquemada.mx y www.lostubos.com.)




