Por Joaquín Hurtado
Creo en las panteras como en las hienas. Creo en la emoción acosadora del leopardo. Creo en las familias enteras de leonas machos. Creo en el morir con un incendio a cada lado.
Creo, por consiguiente, en los depredadores fabulosos, y en las garrapatas enormes del ego morboso, como creo en el odio decantado y en los virus infecciosos.
Creo en los profetas rencorosos, en los traumas de infancia, en la seductora injusticia y en las camisas de fuerza. Creo en los sueños que justifican esclavitud y cadenas. Creo en los cilicios de plata y en ideologías de gangrena.
Creo, como dije antes, en los carnívoros que destazan bebés jirafa. Cómo no creer en sus brillosas garras, cómo no creer en el aquel apetito que arranca las entrañas.
Creo en lo mío con necesidad totalitaria, como creo en lo mío con rabia milenaria. Creo en los cañones, creo en la hambruna, creo en la peste, creo, cómo malditas no, en los deshaucios y en las rentas caras.
Creo en el derecho sagrado del escualo, creo en la sabiduría hedionda del pantano, creo en el exterminio de las focas que mueren con una triste sonrisa en la boca.
Creo en la ley del más fuerte, como creo que el pobre es pobre porque quiere. Celebro mi fe en el débil y su ridícula mala suerte.
Creo en los himnos de muerte del dictador con mano generosa y carita decente. Creo en la humillación del vasallo, creo, como el diablo, en la pelleja seca de los lacayos.
Creo en los horrores del sádico, creo por supuesto, en la majestad irracional del rayo. Creo en poder morder y no soltar a mi ser amado, sin dar tregua, sin dejar el corazón a cambio.
Creo que sólo en la cúspide cultural puede vivir el dios dinero. Creo en el híper capitalismo, y en la purga de pobres sin pensar en su tormento.
¿Cuándo comenzó todo esto, de creer en lo terrible y en lo funesto? ¿Cuándo fue que, sin saber ni cómo, instalé en cada ojo una máquina de matar, una jaula de suplicio y de lamentos?
¿Cuándo fue? Acaso en la niñez, o en mi tierna juventud, que luchaba contra la injusticia y los abusos, que me volví tan violento.
¿Cuándo pasé de subordinado a explotador?
¿Cuándo aborrecí a los activistas de género, y abominé los derechos sinceros?¿Cuándo fue que mi carne conoció el vicio del sabor metálico que me dejó sin aliento?
Debo retroceder el horario, el calendario completo, sin embargo y sin riesgo de equivocarme, este relapso inició desde que era yo apenas un amoroso concepto.
Mis ojos penetraron antes que la misma luz en los baños sangrientos, mis codiciosos ojos llegaron primero que dios a cazar migrantes en el desierto.
En todo momento lo acepto, la selección natural me regala magníficos elementos. Recurro a ventajas innatas, percepciones que ofrecen al deseo goces perfectos.
Por eso, apenas parpadeo con la disponibilidad de los cuerpos, sin detenerme en escrúpulos, sin sopesar costos ni alertas de fuego.
No volveré a la doble vida de los asesinos remisos, ni a la coartada de los verdugos con aura de santitos.
Creo en el veneno, la insidia y la traición, así como no practico ni por asomo el perdón.
Sin mas hipocresía me elevaré con el alma fría sobre el impávido sol, ascenderé uno a uno los peldaños del halcón, destruiré países como quien rompe un cascarón.
Cómo disfruto creer en los grises torbellinos, disparar mi dron en pacíficos pueblitos, brindar con mi gremio en el festín de los aullidos.
Creo en los aviones de caza como creo en el infierno, creo en la superioridad racial, como creo en arios del averno. Creo en el rifle y su poesía sintética, así como creo en la silla eléctrica.
Qué gran proeza, ser la resistente bacteria cuando dijo aquello de: puedo hacer lo que yo quiera.
Creo en la información falsa con todos los que dicen que la tierra es tabla rasa, creo en la verdad manipulada, en las felices venganzas y en las promesas de campaña.
Creo en las panteras, mi gente, como creo en el colonialista y saqueador decente. Para creer como yo creo, hay que creer en la mente criminal de un presidente, salvador de Estados Unidos, comandante en jefe de heroicos carroñeros.



